15 may. 2017

Primero de Magisterio de Primaria



¡Hasta el año que viene, niños! Gracias a todos por este año lleno de ilusión, sonrisas, abrazos y por vuestros dibujos (los tengo todos puestos en mi habitación). Se ha pasado mi primer año de Universidad con tanta rapidez que no me he dado ni cuenta. Ha habido momentos de agobio en los que creía que no podía más, pero al ver las sonrisas y la ilusión de los niños se me pasaba el mal rato. Por ésto merece la pena hacer la carrera de Magisterio de Primaria; continuar aunque estés cansado porque, al final, todo tiene su recompensa, y la recompensa han sido los pequeños. Rebeca era una niña rubia y muy dulce que, en cuanto me conoció, no se separaba de mí ni un segundo -y siempre estaba pidiéndome mi libreta para dibujar-. Pablo era otro niño risueño y de mejillas sonrosadas, muy curioso y trabajador (al que también le gustaba dibujar), y Adrián era un niño muy tranquilo y observador. Lo he pasado genial trabajando con todos vosotros, ayudándoos en todo lo que he podido y he sabido hacer; me he divertido mucho haciendo con vosotros los planetas -o, mejor dicho, nuestro planeta: Urano-. ¡Cómo me pusisteis de pintura azul! Parecía un Pitufo. 

-Hay pintura azul por todo el pasillo -observé, sonriendo-. ¡Parece que habéis matado a un Pitufo!

Risas. Y más risas. Pablo no paraba de repetir la frase del Pitufo por todos sitios, riéndose. El último día de clase con ellos lo pasé verdaderamente mal porque sabía que se iba a terminar, y no quería... Me emocioné con el abrazo de Rebeca y Pablo a la vez tirándose a mí, casi sin dejarme sin respiración y tirándome al suelo... 

-¡Un abrazo, un abrazo! 
-Noooo, no te vayas...

Otras veces les dejé que me pintaran por el brazo, a modo tatuaje, para tener un recuerdo de estos pequeños diablillos. 

-Seño, ¡mira lo que hecho! -decía una niña, enseñándome un dibujo súper creativo que me gustó mucho, algo parecido a una cara y un cuerpo dividido en trozos de colores. 

¡Pronto nos volveremos a ver para el viaje al Planetario!

Otros días bajamos a las pistas del gimnasio para jugar con los niños. Andrea, otra niña rubia y de pelo anillado no paraba de sonreír y de preguntarme por mis intereses. Al descubrir que me gustaba escribir y los libros de aventuras se le abrieron los ojos de la emoción y empezó a darme ideas para un cuento. Después me contó que había un niño (no recuerdo el nombre), que no la dejaba en paz. El niño apareció unos segundos después: moreno, de cara blanquita y de ojos verdes. Los dos empezaron a discutir hasta que la pequeña se hartó y fue tras él para pegarle, y ahí actué yo, corriendo hacia los dos para separarlos y pensando en el libro de Psicología.

-¡Eh, eh! ¿Por qué le pegas?
-Es que ha empezado ella -me contestó, medio riéndose.
-¡Mentiroso! ¡Es que tú no paras de insultarme!
-A ver, a ver... ¿a ti te gustaría que ella te insultara?
-No.
-Pues no se lo digas más, porque si no ella te va a insultar más, y así no acabáis nunca de pelearos... ¿eh? 
El niño se encogió un poco de hombros, mirando hacia otro lado, más calmado.

El primer tema que saqué fue el de la empatía. Ponerse en el lugar del otro. Cuando vi que los dos niños se calmaron y no volvieron a decirse ni una grosería ni a pegarse en todo el día fue cuando me tranquilicé. Para algo me tiene que servir Psicología, que me gusta tanto... Sólo hay que saber aplicarla en el momento adecuado. Pero vaya susto me pegaron... pensaba que se iban a matar ahí mismo delante de mí. Además, también conseguí que los dos jugaran juntos, porque antes la niña no quería ni acercarse a él.

Hace una semana estuvimos celebrando el Festival de Juegos para los alumnos de Primaria, donde nos juntamos con más de ochenta niños en el polideportivo de la Universidad. Nosotros habíamos estado trabajando días antes para montar el tema de este año: los superhéroes. Cada uno fue disfrazado de lo que pudo y consiguió (a mí me tocó ir de Zelda, Link). Una vez más, cuando fui a recoger a los alumnos a sus clases, al verme disfrazada con una peluca rubia, un gorro verde y un arco con flechas se me quedaron mirando expectantes, deseando que pasara lista para bajarse a jugar. Conforme iba pasando lista, los niños cogían unos colgantes azules redondos para identificarse como el equipo azul y para que no se perdieran. Una niña regordita y de ojos azules me preguntó que si el pelo rubio era en realidad mío.

-¡Nooo, es una peluca! -le contesté, riéndome y moviendo un mechón de pelo rubio.

Cuando junté a todo mi grupo de niños y niñas, fuimos bajando las escaleras que tanto se parecen a las de Harry Potter. De otra clase salían más niños, incluída de primero, una clase que me encanta porque está adornada como un castillo. Los niños gritaban porque querían jugar. Un niño rubio y muy alto para su edad de mi grupo me preguntó que si le dejaba tirar una flecha con mi arco.

-Claro, toma -le ofrecí-. Pero ten cuidado y no le des a nadie...
-¡Cómo mola! -sonrió el niño de oreja a oreja, haciendo que me pusiera todavía más nerviosa, porque aunque las flechas eran de cartón le podían cruzar la cabeza a un niño pequeño.
-Tira mejor a la pared -le dije, señalándola cuando no había nadie. Y el niño tiró. Lanzó la flecha como si fuera un experto, haciendo un giro en el aire perfecto hasta caer al suelo. Aún sigo preguntándome cómo pudo hacer algo así con una flecha de juguete y de cartón, porque a mí ni me salía. Los demás niños querían jugar con el arco también, pero ya les dije que teníamos que bajar, que nos estaban esperando.

-Mira Patricia -me comentó la niña de ojos azules-, ella también se llama Patricia.
-¡Hola! -saludé a una niña con trenzas rubias y con una sudadera marinera de Mickey Mouse-. ¡Qué chula la sudadera!
-Gracias, ella también la  tiene -señaló la pequeña a su amiga, que iban vestidas iguales.
-Parecéis gemelas -sonreí, bajando las últimas escaleras para entrar al polideportivo, donde se oía música infantil y gritos de niños y niñas.

El profesor explicó las normas y en seguida todos los niños comenzaron a jugar a nuestras actividades que habíamos preparado. Los gritos se intensificaron todavía más. De repente, todo parecía una gran fiesta de cumpleaños. Se veían a niños y niñas corriendo de un lado a otro, saltando con sacos en los pies, subiéndose a una tabla llevando una cuchara en la boca, tirándose por las colchonetas, explotando globos, jugando a las chapas, lanzando balones a un pin-ball gigante...

De vez en cuando veía que algún niño se quedaba sin pareja y, por lo tanto, no podía jugar, así que me ofrecía yo para jugar en estos casos con ellos. ¡Y me ganaban casi siempre! Esa mañana "cacé" personajes para mis novelas: observé a niños rubios, algunos con ojeras, callados, revoltosos... a otros que hacían trampa y no paraban de reír, a una niña con pulseras hippies, súper rápida a la hora de jugar, a un niño pelirrojo con cara de travieso y a un niño  con acento muy andaluz, rubio, con pecas y de ojos claros, un experto en el juego de las chapas. Qué rapidez tienen de verdad... cómo se las ingenian para trabajar rápido y ganar las competiciones... Lo que más me gustó es que, cuando venía un niño o niña con algún retraso mental, los demás niños los trataban como a uno más. Como en el principio de inclusión.  Yo recuerdo que cuando estaba en el colegio, a todos los niños con problemas los trataban de manera diferente, riéndose de ellos y, al ver el gran cambio actualmente, me parece algo muy bonito y me alegro que se traten a estos niños como a uno más, sin apartarlos de sus compañeros.


No sé lo que pasará el año que viene, pero lo que sí tengo claro es que será mejor y más divertido gracias a los pequeños, porque ya me llevo un montón de cosas aprendidas de este curso gracias a los profesores y a las actividades organizadas por la Universidad; me llevo también un pensamiento más crítico que, espero, se convierta en cualitativo durante los próximos cursos.